Existen tres venenos: la culpa, la desesperanza y la humillación

veneno

En la vida muchos hemos encontrado o vamos a encontrar personas que nos claven sus colmillos (…). Muchos intentarán introducirnos su veneno y nosotros hemos de evitarlo y si en ese momento no podemos, hemos de evitar que nos siga intoxicando a lo largo de nuestra vida.

Existen tres venenos que pueden tener un efecto muy negativo en nosotros si no conocemos sus antídotos y la forma de aplicarlos.

El primero es el veneno de la culpa. Cuando uno lo recibe, no se siente triste por algo que ha hecho, se siente culpable. La tristeza invita a reparar el daño porque te importa la otra persona, mientras que la culpa lleva a reparar el daño para no sentirse culpable. Además, la mayor parte de las veces, la culpa paraliza en lugar de mover a la acción.

Hay personas que nos introducen el veneno de la culpa porque saben que de esa manera somos más manipulables. Recuerdo una ocasión en la cual a una persona que trabajaba en una empresa la llamó su jefe a las diez de la noche a su despacho sin encontrarla allí. Al día siguiente su jefe le comentó que la había llamado a esa hora esperando encontrarle en su despacho y que al no estar allí para coger su llamada, había quedado bastante decepcionado. Ese mismo día su jefe volvió a llamarla a las diez de la noche y mostró su satisfacción al encontrarla en su sitio. No es que tuviera que decirle nada especial, sencillamente quería someterla. El veneno de la culpa había hecho su efecto, una vez más había un dominador y un dominado.

Otro de los venenos es el de la desesperanza. Lo inoculan personas de actitud muy negativa y que sólo se sienten cómodas cuando los demás ven las cosas con la misma negrura que ellos. Disfrutan minusvalorando los éxitos y los logros de otros. Llaman a los sueños utopías y gustan de hablar sólo de lo que está mal y lo hacen de una forma que lleva a otros a pensar que lo que está mal sólo puede llegar a estar peor. Es una actitud vital que se extiende a la totalidad de lo existente y no sólo a una parcela de las cosas. Son como agujeros negros que aspiran nuestra energía y nos dejan exhaustos y deprimidos. Junto a ellos, mientras no cambien de mentalidad no puede haber vitalidad ni alegría.

El tercer veneno es el de la humillación, que te hace sentir como si fueras una persona de menor categoría y te lleva a creer que los demás también te ven así. Hay una sensación de sentirse permanentemente juzgado y valorado para ver si se da la talla. Por miedo a no estar a la altura, uno tiende a aislarse y a no probar cosas nuevas. Este veneno fue el utilizado de forma permanente para inocular a los refugiados camboyanos durante el régimen sanguinario de Pol Pot. Los camboyanos que emigraron a Estados Unidos, a diferencia de las personas llegadas de otros lugares en conflicto en el mundo, eran incapaces de abrirse camino allí.

Pronto se descubrió lo que les pasaba. Más allá del sufrimiento por sus seres queridos aniquilados por aquel régimen tan cruel, existía algo, un tóxico que seguía actuando en ellos y que les originaba un profundísimo sentimiento de inferioridad. De manera sistemática, sus carceleros en Camboya les habían transmitido una y otra vez la idea de que eran seres inferiores, que nunca llegarían a nada. Al final, ellos se lo habían creído. Hasta que no se descubrió ese veneno, estas personas no pudieron disfrutar en Estados Unidos de un nuevo amanecer en sus vidas.

Si queremos vivir como seres libres, nunca justifiquemos lo que hemos hecho de nuestras vidas en base a lo que otros hicieron con nosotros. Si lo hacemos, seremos nosotros quienes mantendremos en nuestro cuerpo la toxicidad de aquel veneno y nuestra vida estará llena de excusas, pero no de resultados. No justifiquemos nuestro rechazo a los demás porque otros nos rechazaron, o nuestro pesimismo porque nunca nadie nos alentó a vivir con alegría. El pasado siempre existirá, pero nuestro futuro puede ser mucho más que nuestro pasado. Seguir dando vueltas una y otra vez a ello es ingerir continuamente un tóxico y pensar que va a matar a la otra persona.

Nadie puede determinar nuestro valor y mucho menos cuando ya nos han colocado una etiqueta. Por todo ello, todo lo negativo que nos puedan decir hará referencia tal vez a lo que hemos hecho y en algunos casos merecerá por nuestra parte más de una reflexión, a lo que no puede hacer referencia es a quiénes somos, a nuestra auténtica naturaleza, ya que ésa sólo la conoce quien nos ha creado (Dr. MARIO ALONSO PUIG, Vivir es un asunto urgente).

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Nuestro interior está lleno de belleza y fortaleza

belleza y fortaleza

Cuando sufrimos, cuando nos sentimos torpes, pequeños y confundidos creemos que los demás van a darse cuenta de que no éramos quienes pretendíamos ser ante sus ojos: seres invulnerables, capaces de controlarlo todo, felices y equilibrados.

Como consecuencia de esa idea, de esa sensación de “desnudez” frente a los demás, llegamos a la curiosa conclusión de que eso que siempre hemos tenido, el miedo de ser, va a quedar expuesto ante sus ojos.

Por eso pienso que surge esa tendencia a ocultarse, a negar, a disimular, a intentar aguantar como sea los retazos que quedan de aquello que pretendíamos ser, que fingíamos ser. Es algo así como intentar aguantar como sea la fachada de un edificio que por dentro está en ruinas para que los que la contemplen sigan pensando que el edificio es maravilloso.

No puedo ni imaginarme la energía que tenemos que emplear y el desgaste físico e intelectual que nos origina esta obsesión en mantener nuestra fachada. Lo sorprendente es que todavía la mayor parte de los seres humanos no nos hayamos dado cuenta de que en realidad el edificio que está tras la fachada no está en ruinas, sino que en sí es una maravilla y que, de hecho, en calidad y en hermosura es infinitamente mejor que fachada que lo tapa y a la que atribuimos la única belleza.

La fuerza y la confianza para ponernos en marcha como los que creen que pueden y no como los que se creen incapaces no surge de la imagen que tengamos de nosotros mismos, un edifico en ruinas, sino de cómo podríamos vernos si de verdad creyéramos que hay algo en nuestro interior que está lleno de belleza y fortaleza (Dr. MARIO ALONSO PUIG, Vivir es un asunto urgente).

Nos enteramos tarde del sufrimiento de alguien muy querido

agudeza sensorial

En muchas ocasiones nos enteramos tarde del sufrimiento que alguien muy querido ha estado llevando sobre sus hombros. En ese momento sale de nosotros una dulce protesta: “Si me lo hubieras dicho antes, si tan sólo hubieras pedido mi ayuda, si me hubieras hecho partícipe de aquello que te estaba ocurriendo, entonces sin duda te habría ayudado”.

Estos comentarios son la mayoría de las veces por una parte sinceros y por otra revelan hasta qué punto las personas hemos perdido esa agudeza sensorial que nos permite descubrir el sufrimiento de otras personas antes de que ellas pidan ayuda. (…)

Es muy complicado entender por qué a las personas nos cuesta tanto pedir ayuda cuando hay prácticamente siempre alguien a nuestro alrededor que nos la podría brindar. Tal vez no sería capaz de ayudarnos a resolver el problema, pero lo que sí haría es escucharnos y eso en sí ya puede ser una gran ayuda. Creo que hemos sido condicionados para avergonzarnos si manifestamos nuestros sentimientos de soledad, nuestra confusión, nuestra pena o nuestro miedo.

La vergüenza es una emoción devastadora y de consecuencias mucho más negativas que la culpa. La culpa es un sentimiento por lo que hacemos, mientras que la vergüenza la experimentamos por lo que somos. La vergüenza es más honda, tiene más calado. La vergüenza nos mueve a pedir algo que jamás pediríamos si estuviéramos en nuestros cabales y que es que “la tierra nos trague”.

Los seres humanos tenemos una esencia que es extraordinaria. Ésta representa la auténtica sabiduría. Su capacidad de reparar tanto nuestras heridas físicas como aquellas que no por ser invisibles duelen menos es inmensa.

Nuestra esencia, nuestro verdadero ser, conoce lo que necesitamos y puede darnos los recursos que precisamos. Sólo pide que creamos en su existencia como parte de lo que somos y que no enfoquemos nuestra atención en eso que tememos ser, personas sin la suficiente inteligencia, personas que no son merecedoras de ser amadas.

Tenemos un miedo inmenso a ser eso que tememos ser, hemos hecho una definición tan pobre y limitante de nosotros mismos que empleamos la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra energía intentando impresionar a los demás con una imagen diferente, con un continuo pretender ser (Dr. MARIO ALONSO PUIG, Vivir es un asunto urgente).

Aceptar lo que sentimos y conversaciones suicidas

boca tapada

Cuantas personas piensan que hablar claro y de manera directa es clave y, sin embargo, qué pocas se atreven en el momento de la verdad a hacerlo. Yo no creo que ello se deba a una falta de valor, sino a carecer de la metodología adecuada que nos dé la confianza necesaria a la hora de expresar lo que es necesario e importantísimo que sea escuchado si queremos que exista conexión y comprensión.

Lo primero que hemos de entender es que nuestra mente no ha sido entrenada en buscar hechos, sino en generar juicios. Por ejemplo, decimos: “hija mía, me molesta lo desordenada que eres”, en lugar de decir que en los cuatro últimos días cuando he llegado a casa me he encontrado los juguetes por el suelo. (…)

No solemos hablar de hechos, sino emitir juicios y pensar que la otra persona nos va a entender. La observación atenta muestra que cuando la otra persona oye el juicio por objetivo que nos parezca, deja automáticamente de escuchar, contraataca o se pone a la defensiva.

Si lo que queríamos es que esa persona comprendiera nuestro sentir, logramos justo el efecto contrario, de nuevo se ha creado una conversación suicida. Por todo ello, es esencial buscar hechos y no emitir juicios por verdaderos que nos parezcan o como defensa cuando nos sentimos heridos.

Lo segundo que es crucial es expresar nuestro sentir. A veces pensamos que no se pueden tener ciertas emociones, como la ira hacia un ser querido o incluso miedo y, sin embargo, es absurdo negar lo que sentimos precisamente por eso, porque ha de ser real cuando lo experimentamos.

Tampoco me parece que sentirse culpable por tener estos afectos ayude en nada, porque la culpa tiene mucho de paralizante y ha sido usada y abusada como chantaje emocional que nos hace ser manipulables como títeres.

Aceptar lo que sentimos es un paso esencial para poder luego expresarlo sin culpabilizar para nada a la otra persona. En el momento en que le digamos a alguien por objetivo y razonable que nos parezca que él o ella son los culpables de nuestro sufrimiento, en la mayor parte de los casos y de forma automática, se habrá cortado la comunicación.

Es importante contar mi sentir como la realidad que yo vivo, sin vincularla a la persona y sí a los hechos que describí en un comienzo. (…) Es importante comprender que cuando nosotros en lugar de enjuiciar buscamos hechos, que cuando en lugar de rechazar o de negar nuestras emociones las aceptamos, lo que simplemente quiere decir que reconocemos que existen, aunque puedan no gustarnos, toda nuestra emocionalidad empieza a cambiar y nosotros, que en ese momento estábamos enajenados, empezamos a reequilibrarnos y con ello se estabilizan tanto nuestro tono de voz como nuestros gestos, que tienen un impacto tan grande en el proceso de comunicación.

Es sólo cuando hemos presentado unos hechos y los hemos vinculado con nuestro sentir, cuando podemos expresar nuestras necesidades y no esperar a que la otra persona las descubra. No es sencillo para nosotros descubrir lo que las otras personas sienten si no nos dan ninguna pista (Dr. MARIO ALONSO PUIG, Vivir es un asunto urgente).

Tensión en nuestras comunicaciones

palabras

La falta de un canal adecuado para expresar nuestro sentir parece obvia si observamos la gran tensión que se genera en muchas de nuestras comunicaciones y que distancia por igual a padres y a hijos,  a marido y mujer, a amigos y a compañeros de la empresa.

Por unas u otras razones, hemos aprendido desde pequeñitos que era mejor callar nuestro sentir que expresarlo. Nos hemos vuelto unos expertos a la hora de mandar algunos de nuestros sentimientos como la ira, el miedo, la frustración y la desesperanza al sótano de nuestra casa y hemos pensado que se quedarían allí quietecitos sin protestar. Como desde el piso de arriba no oímos sus golpes ni sus protestas, no nos damos cuenta de que nuestra casa retumba por doquier.

Sin embargo, llega un momento en que esa emocionalidad se escapa del sótano y sale como un torbellino, mientras arrasa y destruye todo lo que encuentra a su paso, aunque sea una relación muy querida. (…)

Necesitamos, pues, encontrar un sistema que nos saque de este círculo tan pernicioso, que nos ayude a no encerrar nuestro sentir, ni tampoco que permita que la presión de esas voces encerradas en nuestro sótano y obligadas a silenciar actúen generando tal presión que nos lleve a estallar precisamente con aquellos a los que paradójicamente más queremos (Dr. MARIO ALONSO PUIG, Vivir es un asunto urgente).